
Me dirigí hacia el Norte. Pasé por el Barrio antiguo y recorrí sus calles estrechas rumbo al final de la Ciudad de los Muertos. Quería sentir de nuevo esa sensación extraña que se apoderaba de mí y de todos cada vez que nuestros cuerpos se aproximaban a la frontera. No vi casi a nadie. Solo a un grupo de niños jugando con un perro que parecía agotado y enfermo. También unos tipos cocinaban algo al aire libre, sentados en un portal. No había risas. Solo asaban algo sobre una hoguera que chisporroteaba azul bajo el cielo siempre gris.
Entonces, finalmente, frente al muro de niebla, llegó la sensación. Intenté que mi cerebro le ordenase a mis piernas seguir hacia delante, pero algo no funcionaba. Simplemente no era posible seguir. Aquello se había convertido para mí casi en una diversión, en una especie de macabro entretenimiento. Simplemente observar como mis miembros no me obedecían me hacía reír. Es una extraña sensación. Eres el mismo, la misma persona, estás sano, dispuesto, has recorrido una larga distancia a pie para llegar hasta allí, pero de pronto, simplemente, te paras. No ocurre nada, no hay ningún pensamiento en tu cabeza. Si acaso te dices que debes continuar, que es fácil, elemental, sencillo. No requiere un esfuerzo especial. Solo echar un pié, luego el otro. Andar. Simplemente andar. Pero no puedes.
Te quedas allí mirando la niebla densa que separa los dos lados del mundo. Es como un bloque opaco, un muro sedoso y gris. Entonces, después de unos minutos te vuelves. Tus piernas vuelven a obedecerte y regresas con una absurda sensación en el alma. Pero no te preguntas nada. No estás ansioso, ni te deprime la imposibilidad de salir de la Ciudad de los Muertos. Lo asumes, sabes que es así y que, probablemente, siempre será así.
Entonces, finalmente, frente al muro de niebla, llegó la sensación. Intenté que mi cerebro le ordenase a mis piernas seguir hacia delante, pero algo no funcionaba. Simplemente no era posible seguir. Aquello se había convertido para mí casi en una diversión, en una especie de macabro entretenimiento. Simplemente observar como mis miembros no me obedecían me hacía reír. Es una extraña sensación. Eres el mismo, la misma persona, estás sano, dispuesto, has recorrido una larga distancia a pie para llegar hasta allí, pero de pronto, simplemente, te paras. No ocurre nada, no hay ningún pensamiento en tu cabeza. Si acaso te dices que debes continuar, que es fácil, elemental, sencillo. No requiere un esfuerzo especial. Solo echar un pié, luego el otro. Andar. Simplemente andar. Pero no puedes.
Te quedas allí mirando la niebla densa que separa los dos lados del mundo. Es como un bloque opaco, un muro sedoso y gris. Entonces, después de unos minutos te vuelves. Tus piernas vuelven a obedecerte y regresas con una absurda sensación en el alma. Pero no te preguntas nada. No estás ansioso, ni te deprime la imposibilidad de salir de la Ciudad de los Muertos. Lo asumes, sabes que es así y que, probablemente, siempre será así.
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