JONAS

Vivir versus sobrevivir. No callarse, saber decir no, saber decir sí, recuperar el valor de la palabra, decir lo que es no lo que conviene ser. Palabras: Gabinete de publicidad del ego, defensoras de poses idiotas. Quiero palabras menos putas, palabras desde el fondo que respondan a un sentimiento, al menos a una aparente verdad. Me quedo con la música: Idioma universal, paraíso de los idiotas, vacía de palabras hasta que el hombre las cure.

lunes, 16 de julio de 2007

LA CIUDAD DEL DOLOR 1


Y Job me escribió:

En este momento contemplo mi vida como un maravilloso espectáculo. Observo, curioso y frío, como todo se deshace a nuestro alrededor, como si alguna fuerza sobrenatural se hubiese empeñado en despojarnos de todo. Ahora vivo en la Ciudad del Dolor, en un cuartucho miserable de la calle Muerte. Me la alquila Hassan, un moro de mala pinta pero de buena vista para los negocios.
Media calle es suya, o de su familia.
Hay una mezquita en la calle Muerte, y, aunque he oído que en otros lugares la gente ha perdido el interés por el sexo, en la Ciudad del Dolor no ha sido así y en esta calle de la Muerte hay putas, muchas putas desdentadas, redichas, rancias, insolentes, vestidas de colores, con faldas tan cortas que dejan ver sus bragas sucias.
Ahora escribo mis poemas y pinto mis cuadros arrullado por voces de chulos petulantes que se follan o pegan a sus chicas mientras niños sucios juegan en la calle.
Estoy enfermo, muy enfermo, pero no sientas lástima por mí. No le doy importancia alguna al dolor. Simplemente lo observo y después lo dejo estar. No me impide hacer nada, ni siquiera logra que me inmuten esos granos abultados que se esparcen por mi cuerpo y que supuran sangre y pus continuamente. Los miro con cierta complacencia, se diría que casi los mimo y luego, como si nada, como si un ángel me planchara el corazón, vuelvo a lo mío.
A veces paseo por los alrededores y me complazco en las miradas de asco o lastimeras que me lanzan los viandantes. Paseo por la calle Cenizo, por la Plaza de la Enfermedad, donde me siento en uno de sus gastados bancos de madera para mordisquear el resto de algún bocadillo.
A veces me aventuro más allá, hacia el Barrio de los Desesperados, incluso hasta la Avenida del Cáncer o hasta la Alameda del Odio, pero pronto decido volver sin prisas, dando pequeños pasos, ideando algún poema o trazando el fondo de alguna pintura que empieza a tomar forma en algún recoveco de mi mente.
Se escuchan rumores de que muy hacia el Norte, tras el muro de niebla, siguen existiendo otras ciudades donde hay rascacielos, barrios hermosos salpicados por ristras de bonitas casas con jardines cuidados, avenidas con nombres sonoros y desconocidos: La Avenida del Cielo, la Calle del Milagro, La Plaza de la Felicidad... Pero nadie del barrio ha estado en esos sitios improbables y, de todas formas, yo creo que no son más que chismes inciertos.
Creo que nada en el mundo es ya igual.

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